sábado, 28 de mayo de 2016

Hola...

Durante el día he estado totalmente apartado de la ciudad. Pedí el día libre en mi trabajo, y nada más levantarme salí de mi casa. Quería irme a mi pueblo de la infancia, a ver a un ser muy querido, a quien no había visto desde hacía años. 

Entré en el coche. Sabía que tenía un largo viaje por delante: tres horas ni más ni menos. Tampoco hice la maleta, a pesar de que iba a quedarme hasta mañana por la mañana. Sólo tenía una rosa blanca, suficiente para mí. 

Es extraño, pero hasta que no salí de la ciudad no comencé a sentir ese sentimiento llamado nostalgia. Juro que era la primera vez que sentía eso. No sé por qué. A lo mejor porque desde hace tiempo he querido olvidar muchas cosas. También porque sólo me preocupaba de mí, de mi trabajo. Esa sensación nueva era incómoda y placentera a la vez. Triste y alegre: la más rara de las sensaciones. 

Cada paisaje, cada árbol, hasta cada pueblo por el que cruzaba me traían cientos de recuerdos. Grandes recuerdos. Recuerdos de cuando era un crío de cuatro años, de cuando era un adolescente rebelde, recuerdos de mi juventud. Simplemente recuerdos. 

Todavía quedaba una hora para llegar. Estaba ansioso, pues pronto volvería a verla. Os juro que hacía años que no la veía, a pesar de que suene extraño, pero así fue. Pero la verdad es que no quiero recordar la forma en que me despedí de ella. 

Fue horrible. Me echaron en cara que ya no me preocupaba por mi familia, ni por mis amistades, ni por ella. Todos decían lo mismo. Que había sido un egoísta. Que desde que me fui del pueblo había cambiado y que ya no me preocupaba de quienes me rodeaban. En ese momento me enfadé bastante, y grité muchas cosas de las que ahora me arrepiento. Lo peor es que todo eso lo había escuchado ella, pero no pudo hacer nada. Seguía callada, sin moverse. Pero yo sabía que lloraba. 

Y es que era verdad. Me costó reconocerlo en su momento, pues era un joven que quería ver mundo y preocuparse solamente de sí mismo. Ahora por suerte he cambiado, y no creo que sea tarde para pedir disculpas a quienes tengo que darlas. Aunque hayan pasado años de eso. 

El viaje se me hizo bastante corto. Quise dar un recorrido por todo el pueblo antes de visitarla. Y así lo hice. 

No había cambiado nada. Seguía igual que hace diez años. Era igual de pequeño, con las mismas casas. La plaza seguía siendo igual de colorida, aunque la estatua del medio estaba algo estropeada. Todavía había niños jugando y ancianos hablando de los viejos tiempos. Me conmovía mucho esa escena. Cuántos recuerdos… Después del paseo, decidí que ya era hora de ir a visitarla. Vivía a las afueras del pueblo, casi a la frontera. Aparqué el coche enfrente de los grandes portones. Eran enormes, de color negro. Y estaban abiertas. Bastaba con un pequeño empujón para abrirlas. 

Era de mala educación entrar en el hogar de alguien sin avisar, pero supuse que seguiría habiendo confianza. El suelo era de piedra y en el pasillo había varias figuras religiosas: vírgenes, santos,..., una decoración algo excéntrica para ella, pues nunca había sido religiosa. El olor a flores impregnaba el aire, un olor muy agradable. Anduve hasta el final del pasillo. Luego giré un par de veces, hasta que por fin la hallé. 

Su nombre estaba escrito en letras doradas, y la imagen de la Virgen María sobre ella. La estatuilla era bien hermosa, pero no tanto como lo era ella. Le deposité la rosa blanca sobre la Virgen. Era su flor preferida, la más bonita de todas. Y no le quitaba la razón. Me quería quedar todo el día hablando con ella, hasta que anocheciera. Y con todo comencé: 

-Hola mamá.

domingo, 27 de marzo de 2016

Los mitos no siempre fueron invenciones

Mi tío fue el que me introdujo en el mundo de la mitología. Desde pequeñito me había llevado a ver obras de teatro en Mérida, basadas en las grandes obras literarias de Homero. Además, su casa estaba decorada con dibujos egipcios, lo que hizo que la mitología egipcia, a parte de la grecolatina, me interesase.

Todo ello derivó en mi interés por las civilizaciones antiguas, con lo que siempre, a la vuelta del colegio, compraba en el kiosco de en frente de mi centro una revista de Historia. Y en casa, después de comer, leía todo lo que estuviese relacionado con aquellas civilizaciones y sus mitologías. Era fascinante.

Disfrutaba como un niño de esas representaciones (cierto es que era un niño). Me fascinaban las historias que había entre los dioses y los mortales. Esas historias épicas, de amor, de enfrentamiento, llenas de ciencia y de ficción. Historias que eran producto de la imaginación de esos ciudadanos, que las relacionaban con los grandes eventos de la historia, como si los dioses hubieran jugado a las figuritas de guerra.

Y al fin y al cabo eran eso, historias. Historias que, aunque estuviesen relacionadas con hechos auténticos, era imposible que ocurrieran en la vida real. Pensaba que no podían existir personas que pudieran amar tan apasionadamente, a la vez que deseaban lo peor a su peor enemigo. Que amasen a sus maridos, pero sintiesen unos celos increíbles que las impidiesen ser feliz. Que tuviesen unos deseos de venganza enormes, y al cumplir su venganza, su vida acabase vacía.

Yo pensaba que era imposible hasta que, a medida que iba creciendo, me daba cuenta de lo que realmente ocurría a mi alrededor. Mentiras y engaños, celos, amores, odio perpetuo, sed de venganza, ganas de poder sin importar quien cayese. Parecía tan increíble, pero mi inocencia me cegaba. Cuando quise darme cuenta de que aquellos mitos eran ciertos, no pude cambiar nada. 


sábado, 5 de marzo de 2016

¿Olvidarlos? NUNCA

Cuando una persona se va de tu vida, sea quien sea, tus recuerdos relacionados con ella son muy dolorosos.

Da igual si esa persona era un amigo, un amor, un familiar, y da igual salió de tu vida haciéndote daño, muriendo o escapando. Sea como fuere, siempre duele.

Pero jamás queremos olvidar eso recuerdos.

viernes, 26 de febrero de 2016

Te invito

Te invito a que hagamos algo. A que nos atrevamos. Te invito a pasear conmigo por las calles de Madrid, mientras los últimos baños del Sol bañan la ciudad. 

Paremos ahí, justo ahí. Donde los jardines de Sabattini. No hay casi nadie, y el Sol aún no quiere irse. Está esperando, pero, ¿a qué?

Quedémonos quietos. Justo aquí. El escenario perfecto. Mírame. Te miro. No sabemos qué decir, de qué hablar. Pero nuestras miradas siguen ahí.

Acerquémonos un poco más. Y otro poco. Y otro. Cada vez más cerca. Sí, justo ahí. Que el momento dure lo que tenga que durar, pero que sea un momento para recordar toda la vida.

¡Vaya! El Sol ya se ha ido. Y ahora es la Luna la que ilumina Madrid, nuestro escenario. Pero quiero que esto siga, contigo, a tu lado.

lunes, 8 de febrero de 2016

Reseñas: El chico de las estrellas (Chris Pueyo)

Datos
Título: El chico de las estrellas
Título original: El chico de las estrellas
Autor: Chris Pueyo
Año: 2015
País: España
Género: Novela, juvenil
Páginas: 207
Puntuación: 10

Sinopsis
Érase un niño que jamás vivió más de dos años seguidos en una misma casa, así que decidió pintar las paredes de todas sus habitaciones con estrellas. Su rechazo al colegio y una familia inusual le empujarán a emprender un viaje donde no todo serán constelaciones y pedirle deseos a la luna. Es hora de bajar al barro, equivocarse con una princesa y terminar encontrando un príncipe..., ¿o no?

Sus ansias de libertad, tres antídotos de supervivencia y unas botas plateadas le acompañarán por un mundo muerto donde los sueños llegan descalzos y despeinados a Ninguna Parte

Opinión
Casi fue por pura casualidad que este libro llegara a mis manos. Ya había oído hablar de él por las redes sociales y por parte de amigas mías. Yo sólo iba a comprar La Celestina para un trabajo de lengua, no pensaba comprarme más. Fue entonces cuando una de mis amigas se acercó a mí, con el libro entre sus manos. Me dijo: "debes leertelo". Y yo lo cogí. Luego me compré el que tenía que comprar al principio, y entre los dos me gasté todo el dinero que tenía encima. Por suerte, ese dinero se invirtió bastante bien.

Esa misma noche abrí el libro, por la primera página del primer capítulo. Y no pude evitar enamorarme de cada palabra, cada sílaba, cada frase... Todo escrito con una increíble positividad e imaginación a pesar de lo crudo del argumento, de esas partes terribles en las que, cuando las lees, piensas "jamás quiero que ni a mi peor enemigo le hagan eso" o "y pensar que esto ocurre en muchos otros lugares, a todas horas...". Detrás de todo eso, se esconde una profunda esperanza a un cambio mejor.

Y es eso lo que tiene el libro: la esperanza. Una esperanza a que las cosas cambien a la mejor, sólo con pequeñas acciones que a ojos de los demás puedan parecer estúpidas e infantiles. Eso da igual. Todos tenemos nuestras cosas que mantenemos desde pequeños, que nos ayudan a seguir adelante y pintar un poco el mundo tan negro en el que vivamos. El Chico de las Estrellas ya hace su parte, pintando el mundo de azul y estrellas, allá adonde va.

Una de las cosas más positivas del libro es su temática LGTBI. Temática que gusta y crea polémica a partes iguales. Toca algunos temas duros que a muchas personas les ha tocado vivir, y algunos han podido tener un final feliz. Otros, no. No hace falta ser una persona LGTBI para sentirse identificado con el protagonista de la historia, pues todos en algunos momentos hemos sentido la necesidad de pintar el mundo, de hablarle a la luna buscando un consuelo. Esa necesidad de dejarlo todo atrás y empezar otra vez, desde cero, aunque nos cueste. Con la novela es imposible sentirse solo, sentirse como si nadie te escuchase o comprendiese. 

Os pido que dejéis entrar a vuestra habitación al Chico de las Estrellas y que os la pinte de color azul y con estrellas plateadas. Dejad que os hable, que os cuente su historia. Es posible que su historia, al principio, no te resulte interesante, pero pronto sentirás que momentos suyos ya los has vivido tú. Luego pide con él un deseo a la luna, como te invita a hacerlo.

"Porque El Chico de las Estrellas hace magia todos los días"

¿Y tú?, ¿te atreves a hacer magia?

sábado, 6 de febrero de 2016

¡Sácame a bailar!

Estamos solos. Todos se han ido. Todos con los suyos, saliendo de dos en dos. Nadie me sacado a bailar; me he quedado con las ganas.

Y entonces te veo allí, sentado. Me levanto y me acerco. No te digo ni un hola, ni te pregunto el nombre ni nada. Solamente te digo una cosa: ¿Bailamos?

sábado, 16 de enero de 2016

Por ello son culpables

Y de repente se encuentra sola, en medio del desierto. El cielo se pinta de tonos rojos: parece el crepúsculo, pero no se ve al Sol.

A lo lejos se acerca una figura humana. También está desnuda, de rostro afilado, grandes pechos y piernas largas. También es una mujer, con su cabellera roja cayéndole sobre los hombros. Al acercarse, la mujer de cabellos rojos le habla:

-Has mordido la manzana, ¿verdad?

-Así es, ¿y tú por qué estás aquí?

-Me negué a tener relaciones sexuales con él.

Y desde entonces a la mujer se la culpa de todos los males que hay.